Con qué derecho traidor

Con qué derecho traidor

(Leído en la presentación del libro El Closet de cristal de Braulio Peralta.)

 

Sabina Berman

 

1.

Velamos el cuerpo de Carlos Monsiváis en el patio central del Museo de la Ciudad de México, –es decir acá mismo donde estamos–, un día de junio del año 2010 –hace ya seis años–. Éramos, no sé, unas mil personas, tal vez dos mil. Lo cierto es que la gente llenaba este patio colonial y los tres balcones del segundo piso que rodean el patio, y no cabía ni un alfiler más. Y sobre todos nosotros pesaba la sombra ominosa de la futilidad. ¿Qué podíamos hacer por Carlos, ahora que estaba dormido para siempre?  ¿Y qué podíamos hacer por nosotros mismos, sus amigos y sus lectores huérfanos, para los que Carlos fue a lo largo de la vida una guía moral?

 

Entonces, quién sabe de dónde, apareció una bandera con el arcoíris, la bandera de la comunidad LBGT –la comunidad de la diversidad sexual—y a través de cien manos la bandera multicolor fue siendo llevada hacia el féretro, encima del cuál alguien la depositó: estalló el aplauso de la gente, la bandera completaba el homenaje: la patria de Carlos, el corazón de su pensamiento, había sido la diversidad, y él había sido su gran estructurador y difusor intelectual en México, el escritor que había llevado el pensamiento de lo diverso desde lo marginal al centro del pensamiento colectivo.

 

Fue entonces, con la bandera del arcoíris ya sobre su ataúd,  que Isabelle Tardan, productora de cine y teatro, dijo en voz alta:

 

–Falta algo más. ¿Qué falta? Falta música. ¿Dónde está Horacio Franco?

 

Diez personas a la derecha de Isabelle, Horacio Franco alzó la mano y respondió:

 

–Horacio acá presente.

 

–Horacio –dijo la productora–, toca Amor perdido.

 

Una elección perfecta también, así llamó Carlos a uno de sus primeros y más populares libros, y por lo demás así nos sentíamos los que lo velábamos, heridos por la pérdida de Carlos y perdidos sin él. Así que Horacio sacó su flauta transversa y tocó Amor perdido, y esos mil o dos mil deudos íntimos de Carlos, cantamos, y un títere con la cara y la melena blanca y los lentes de pasta de Carlos se elevó sobre las cabezas, y se meció al ritmo de la música del bolero romántico.

 

Poco sabíamos que en una esquina del patio colonial la familia de Carlos, escandalizada, le reclamaba a la directora del Conaculta, e intimísima de Carlos, Consuelo Saizar:

 

–¿Por qué la bandera gay, Cheli? ¿Por qué sacar a Carlos del closet sin su permiso? Que alguien quite esa bandera ahora mismo, que alguien meta a Carlos en el closet otra vez, que no salga en los periódicos así, ordena que se haga ahora mismo.

 

¿Por qué nadie se atrevió a quitar esa bandera y a cerrar otra vez la puerta del closet de Carlos?

 

Las razón es simple. Porque casi nadie sabía que Monsiváis vivía su preferencia sexual dentro de un closet. Porque siendo el gay más famoso del México culto, era alucinante siquiera suponer que el mismo Monsiváis creyó que vivía dentro del closet.

2.
Algo semejante pasó con Juan Gabriel, el gay más famoso del México popular. Solo a su muerte se publicaron fotos el Divo de Juárez y de su pareja, es decir: su última de varias parejas. Su último gran amor, decía el periódico La Prensa en el encabezado de su primera plana, al día siguiente de su deceso, y bajo la foto de Juan Ga en shorts blancos y abrazando feliz a su novio robusto y moreno, aparecía otra foto más pequeña, una foto de Juan Ga y su familia política a una mesa en una marisquería a un lado del mar, comiendo, con el titular: Hasta comía con la familia de su amor.

 

Nótese la alarma moral del redactor del titular en la palabra “hasta”. Es decir, Juan Ga no solo se comía al muchacho con los cinco sentidos, sobre el mantel blanco de una cama: sobre la sábana blanca de una mesa, con sus suegros, ¡hasta comía mariscos!

 

Y es que, increíblemente, es verdad que tanto Juan Ga como Carlos creyeron que vivían en el closet, y también increíblemente la prensa nacional les respetó el delirio durante tres décadas, y nunca los exhibió fuera del closet. Un acuerdo de gentileza o de hipocresía: con más precisión, una tregua entre dos Méxicos: el México macho e intolerante y el México laxo y diverso: un México que nos llega del pasado, el México autoritario donde la voluntad democrática es leída como mariconería, y el México que aspira a ser mucho más democrático y libre y diverso.

 

Una tregua cifrada en la expresión “no me preguntes, y no te digo”.  O como

Juan Ga lo cifró, cuando un periodista de CNN, una generación más joven que él, le preguntó si era o no era gay: “Lo que se ve, no se juzga” (y tampoco se nombra). O como la Iglesia Católica pide a sus sacerdotes gays, que son legión: “lo que importa es que no se sepa”.

 

El mundo es mi closet, pudieron haber dicho Juan Ga y Carlos, y la prensa pudo haberles replicado haciendo una reverencia, Cómo gustéis suponerlo, caballeros de la flor.

 

3.
¿Pero por qué diablos quiso Carlos vivir su sexualidad dentro del closet? ¿Por qué él, que fue valiente en tantos asuntos, decidió acatar la tregua entre el México macho y el México democrático?

 

Hace muchos años, acaso diez años, comiendo con Carlos en un restaurante de la colonia Condesa, Carlos me dijo, no importa ahora a raíz de qué cosa:

 

–Por eso yo no quiero salir del closet.

 

Se me cayó el tenedor al plato. Clanc.

 

–¿Perdón? –le pregunté alarmada–, ¿de qué hablas?, eres el gay más público del país, ¿cómo que no quieres salir del closet?

 

–No es verdad–protestó Carlos–, la gente sabe que defiendo la diversidad, pero yo no soy públicamente gay.

 

Y arrasando mi incredulidad por el método de hablar más rápido y más abundantemente que yo, me dijo por qué había decidido vivir dentro del closet.

 

–No quiero que se me coloque en el nicho de los asuntos gay. Quiero que se me respete como un intelectual completo. Un intelectual que opina de los temas centrales, no solo los marginales.

 

–Pero –protesté yo todavía– uno de tus grandes temas es que lo marginal debe ir en el centro.

 

–Exacto. Mi obra quiere eso, llevar lo marginal al centro, y yo no quiero estorbar a mi obra.

 

Ni Houdini logró algo tan difícil. Vivir en el closet y al mismo tiempo derrumbar el closet. Argumentar en el centro de la cultura los derechos de lo marginal, expandir así el centro para abarcar lo marginal, y al mismo tiempo nunca exhibir su vida privada, dejarla dentro del closet.

 

Algo que si suena complicado de explicar es porque fue más complicado de vivir.

 

4.
Luego entonces, ¿con qué derecho traidor llega Braulio Peralta con un hacha y destruye el closet de Carlos? La imagen es exagerada, y la corrijo. Luego entonces, ¿con qué derecho traidor ahora Braulio Peralta abre la puerta del closet de Carlos y nos invita al interior a todos y todas? Ahora el closet parece demasiado estrecho para recibir a tantos, y se antoja asfixiante, así que vuelvo a intentar la imagen justa. Luego entonces, ¿con qué derecho traidor Braulio Peralta transparenta el closet de Carlos Monsiváis y nos invita a ver a través del cristal translúcido lo que ahí ocurrió?

 

Pueden darse dos respuestas, una corta y otra larga, que en esencia son la misma. Empiezo por la larga.

 

Porque es demasiado importante para la historia de nuestro país lo que dentro de ese closet ocurrió. Dentro de ese closet sucedieron varias de las escenas claves del movimiento que llevó a México de ser un país machín, rígido, patriarcal, homófobo y misógino, a ser lo que hoy es: un país machín, homófobo y misógino, pero –y este pero es trascendente—con mala conciencia de todavía serlo y con la aspiración de convertirse en su promesa, un México diverso, ya cifrado en sus leyes contra la discriminación.

 

Habrá sin embargo quién objete el relato del interior del closet de Carlos, pero sí el de las escenas de su interior que huelen a semen y sudor. Sobre ello quisiera hacer un símil.

 

Si la Independencia de México la fraguó una elite minúscula de libre pensadores, conspirando en secreto, es solo natural que sus escenas claves hayan sucedido en el secreto de sus lugares de intimidad. El salón de estar de la Corregidora Josefa Ortiz de Domínguez, donde se reunían a charlar de las ideas independistas en voces bajas; en el pasillo donde la misma Josefa sopló al oído a su amante insurgente los planes de su esposo realista, el Corregidor Ortiz Domínguez; en los ensayos de teatro del Tartufo de Moliere, que dirigía un cura mujeriego, Miguel Hidalgo y Costilla; en la cama legendariamente amplia donde La Güera Rodríguez convenció a su amante realista, Iturbide, y a su amante insurgente, Guerrero, de la necesidad de una alianza–a cada uno por separado, desde luego, para lograr que luego ambos se abrazaran entre sí por su interpósita persona.

 

Si en esos escenarios se fraguó nuestra Independencia, es solo natural que la revolución cultural de los derechos de las minorías sexuales, fraguada por un puño de gente desadaptada al México macho,  haya tenido sus escenas principales en los Baños Río, entre señores con toallas alrededor de los muslos; en las camas calientes de Nancy Cárdenas, en las que conspiró con esposas de gobernadores y de Secretarios de Gobernación; en el departamentito secreto de Carlos, en la Zona Rosa; en el funesto viaje de camión a Malinalco donde las lesbianas hombrunas y los gays afeminados del comité del entonces secreto politburó gay terminaron a cachetadas –las cachetadas a cargo de las lesbianas a los afeminados; o en los rincones oscuros de la discoteca Any Way, donde periodistas famosas se besaron con políticas influyentes.

 

Todo esto se perdería si no es narrado por Braulio Peralta –y por los que en adelante se animen a hacerlo–. Todas esas escenas de la conspiración que devino en el movimiento de liberación de los diversos, un movimiento que también gracias a Carlos reunió sus aguas con el movimiento de liberación feminista, en buena medida alrededor de la mesa cuadrada del comedor de la casa de Marta Lamas, y se convirtió en el río  tumultuoso del movimiento de los derechos humanos, que transformó y sigue transformando a México.

 

Lo dicho, Braulio Peralta lo narra para no dejarlo arrumbado en la oscuridad del closet de Carlos, a la merced cruel de la polilla del olvido. Una gran épica sin duda: la hazaña de esa generación de los primeros diversos con conciencia política, cuya figura más visible –y a menudo más influyente hacia dentro del closet y hacia afuera—fue Carlos Monsiváis.

 

5.
La razón corta de por qué Braulio transparenta el closet de Carlos es ésta. Porque ya es tiempo.

 

Ahora menos breve. Porque el closet de Monsiváis, que fue para él una necesidad de sobrevivencia, precisamente gracias a Monsiváis y los cómplices de su generación de diversos, puede ahora ser ya parte de la historia conocida, no solo del México gay, sino del México democrático.

 

En efecto lo marginal ha llegado al centro de México. Monsiváis tuvo la alegría de atestiguar cómo la anti-discriminación y los derechos humanos llegaron a nuestras leyes.  No se engañó: predijo que la implementación de esas leyes no ocurriría sin resistencia. Tampoco pecó de modestia: dejó escrito que se trataba de “una mutación civilizatoria”, “el fin de un modelo de convivencia social y el principio del reinado de otro modelo”.

 

Igual que esa bandera de arcoíris voló de mano en mano sobre mil cabezas en el velorio de Monsi, para ser depositada sobre ese closet de madera que lo apartaba de la vida y de nosotros, así esta biografía cae sobre su memoria todavía fresca, para completar su periplo y su hazaña.

 

6.

Lo que me lleva a un tema de coyuntura, que trataré de la manera más breve posible. El Frente del Orgullo Gay ha sacado del closet a cuatro sacerdotes, incluyendo al vocero de la curia, Hugo Valdemar, es decir: al encargado de decir públicamente que los gays son una amenaza.

 

Y la curia a su vez ha publicado una lista de cinco periodistas gays.

 

El Frente cuenta ya con denuncias de otros 38 sacerdotes gays –que por cierto son poquísimos, dada la densidad de gays en la Iglesia Católica, que es algo así como la gran discoteca gay de Occidente, solo que con música gregoriana–. (A decir de un estudio realizado en la curia de Norteamérica, al menos 60% de los curas llevan una vida sexual, gay o hetero, enclosetada.)

 

No tengo idea de qué pensaría Monsiváis de toda esta actividad declosetera, pero yo quiero comentar tres cosas. Es una gran época para sacar un libro llamado El Closet de Cristal de Monsiváis. Dos, mientras más gays salgan del closet, menos peligroso será ser gay, más normal será la diversidad, y también más diversa.  Y tres, podemos celebrarlo, porque la diversidad es la mayor riqueza de un habitat. La afirmación no es mía, sino de Charles Darwin.

 

7.

Dice bien Braulio Peralta al final de su libro: un libro no es suficiente para narrar a Monsiváis, que escribió tanto, dijo tanto, hizo tanto. Ya vendrán los estudios literarios meticulosos. Ya vendrán las obras completas en encuadernación de lujo. Ya se volverá figurín de bronce en Avenida Reforma entre los héroes que nos dieron Patria –¿por qué no?–: a un lado del general Miramón con el sable en una mano y en la otra un fusil, Monsi en overol de bronce con una mano en una máquina de escribir y en la otra un teléfono. Ya habrán niños nombrados Monsi –“Ven Monsi, deja de abrazar a ese niño y ven acá”–. Ya se le retratará en el teatro y el cine como el ogro gruñón defensor del derecho al amor que fue.

 

Pero entre tanto y tanto que irá apareciendo, este libro de Braulio Peralta quedará siempre visible. Siempre guardando la clave íntima de una vida que cambió nuestra vida pública. Y ojalá, este libro que detiene su relato en los años 80 del siglo pasado, durante los tiempos trágicos de la epidemia del sida, pronto cuente con su pareja, otro libro donde Braulio Peralta cuente los tiempos de Monsiváis hasta el año 2010, los tiempos del ascenso a las leyes de los derechos de la diversidad.

 

No, no queremos de ninguna forma que este libro de Monsi se quede solitario y célibe en el librero. Este libro solicita encarecidamente la pareja que lo complete.

 

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