El azar sucede

El azar sucede

Publicado en El Universal

Sabina Berman

 

  1. El mundo de Esquilo.

 

Esquilo había huido de la ciudad. Lo que se murmuraba, que luego de haber sido declarado el mayor dramaturgo griego, y de haber sostenido ese prestigio a lo largo de noventa tragedias, no soportaba el advenimiento de un nuevo gran poeta de la escena, el joven Sófocles, era una mentira mal intencionada.

 

La verdad era más extraña. Esquilo había escapado de la ciudad porque el oráculo le había predicho que moriría aplastado por una casa.

 

Se mandó construir en la playa una cabaña formada por cañas ligeras y techo de hojas de palma.  Luego, una mañana, ante una plancha de plata colgada en una de las paredes de caña, se enjabonó los rizos canos, y con una navaja los rasuró, para tener la cabeza despejada y estar más alerta.

 

Entonces se sintió a salvo.

 

Una tarde Esquilo caminaba por la playa, tratando de armar el relato de su vida, con el auxilio de los consejos de su maestro Sócrates, que sonaban dentro de su cabeza brillante –por fuera y por dentro–.

 

–¿Quién he sido?–, se preguntaba, taciturno. –¿Quién puedo aún ser? ¿Cuál es la moraleja que arroja hasta hoy mi vida?

 

¡ZAC!

 

De pronto cayó de cara a la arena, muerto, y una tortuga se alejó de su cuerpo tendido, y empezó a escarbar la arena, en tanto el mar no dejaba de ser el indiferente mar, que lanzó una ola que se desbarató en espuma, y luego la recogió a su seno.

 

2.El mundo del águila.

 

La garra del águila atrapó a la tortuga, y batiendo las alas el águila elevó el vuelo.

 

Luego, planeó con las alas extendidas sobre la costa, buscando una piedra contra la que estrellar a la tortuga, para quebrar su caparazón y poderse comer el cuerpo tierno.

 

Fue entonces que vio, abajo y a lo lejos, una piedra lisa, rosa y brillante, y misteriosamente movediza.

 

Bajó en picada, lanzó la tortuga contra la piedra rosa —

 

¡ZAC!

 

–, pero aunque la tortuga golpeó la piedra, no se le quebró el caparazón.

 

Al contrario, un instante después, a un lado del cuerpo del hombre tendido, la tortuga escarbaba la arena, para ponerse a salvo del águila.

 

Fue una mala tarde para el águila y para Esquilo.

 

  1. Los filósofos.

 

Una vez que el joven pescador trajo a la ciudad de Atenas la noticia de la muerte de Esquilo, sus grandes amigos, los que fueron como él discípulos de Sócrates, se sentaron en las gradas del ágora al aire libre, y se impusieron el deber de extraer de la tragedia ocurrida el sentido oculto.

 

Un filósofo pensaba que el Destino se había ensañado contra Esquilo, porque Esquilo era soberbio. Si huyó de la muerte por aplastamiento de una casa derrumbada, lo tenía que matar un águila.

 

Otro filósofo evocó la figura de la tormenta: múltiples razones habían convergido en el trágico desenlace. La ignorancia de Esquilo sobre las águilas, la ruta del viento en los momentos fatales, la puntería del águila, bla bla bla bla.

 

Un tercer filósofo encontraba un simbolismo elocuente acomodado por los dioses en la muerte de Esquilo. El águila, símbolo de la grandeza, se había unido a la tortuga, símbolo de la paciencia, para bla bla bla bla bla.

 

Hablaron de ello un día entero, y una semana entera, y luego escribieron ensayos al respecto, y luego abrieron una cátedra llamada La Muerte de Esquilo para seguirlo discutiendo durante generaciones.

 

Pero la verdadera explicación de la muerte de Esquilo es bien sencilla: que no tiene explicación. Su sentido oculto es que no tiene sentido oculto. Lo inexplicable sucede. El azar ocurre.

 

Un águila lanzó una tortuga contra un cráneo que confundió con una roca y –¡ZAC!—un hombre cayó de cara en la arena, y el mar siguió rodando sus olas.

 

 

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