Cuidado, el Führer nos ama

Cuidado, el Führer nos ama

Publicado en El Universal

Sabina Berman

 

Cuando Adolf Hitler surgió como líder político en Alemania, declaró su amor a Austria, donde había nacido, y los austriacos temblaron de miedo.

 

El Führer, el maniaco, el loco, el que vociferaba en sus discursos, el que decía que la democracia era un sistema inservible, que solo hacía turnar en el poder la indecisión, el que consideraba razas inferiores a los judíos y los gitanos, y a los homosexuales perversos, los miraba.

 

Ojalá mirara hacia otro lado el señor del mostachito ridículo, se dijeron los austriacos, y lo ignoraron para que él los ignorara.

 

Pero Adolf Hitler de verdad amaba a Austria, y cuando alcanzó el poder democráticamente en Alemania, siguió hablando en sus discursos, más bien vociferando, de Austria, y de cómo la amaba.

 

Entonces, para corresponder a su amor,  un pequeño grupo fundó el partido nazi austriaco. Un grupo que parecía infantil en sus ceremonias de levantar los brazos diestros rígidamente y cantar himnos, y jurar que eran descendientes de una incomprobable raza aria milenaria.

 

Los austriacos los dejaron ser, porque Austria era un país demócrata, que admitía la locura de cada cual.

 

En tanto, en Alemania, el loco mayor, el origen de las teorías locas nazis,  empezó a aplicarlas a la realidad, y dejaron de ser locas. Loco es lo que no aplica a la realidad: normal es lo que se vuelve la regla en un lugar.

 

Los judíos fueron oficialmente considerados inferiores e incapaces de ocupar cargos públicos o universitarios, o poseer negocios o empresas. Los formaron en filas, los subieron a camiones, los llevaron a centros de detención rodeados de bardas.

 

En Austria, algunos austriacos empezaron a cambiar de opinión. Tal vez Hitler tenía razón en muchas cosas, aunque no en todas, claro, tal vez era el mesías de un nuevo orden mejor al actual, y tal vez no era malo del todo que los amara.

 

El gobierno de Austria invitó a Hitler a una reunión para aprovechar ese amor mutuo y estrechar lazos, y discutir una ruta de amorosa cooperación. En la reunión, Hitler no quiso escuchar nada. En cuanto se cerraron las puertas del salón y se sentó ante los negociadores austriacos,  directamente les exigió que el líder del partido nazi local ocupara la cima del poder en Austria.

 

–¡¿Pero por qué?! –le reclamaron.

 

–Porque yo quiero con todo mi corazón a Austria –dijo Hitler. Golpeó los talones de sus botas, y se fue.

 

Maldito loco arrogante, el señor del mostachito no tenía límites: su estrategia era tan simple como la de un perro con hambre: siempre tomar un trozo más, apropiarse de un decímetro más, imponer su voluntad un tramo más.

 

Para apaciguarlo, el gobierno de Austria le concedió el poder político al líder del partido nazi austriaco.

 

Semanas más tarde, cuando Hitler entró a la capital de Austria, Viena, en un automóvil descapotado, a la cabeza de un ejercito nazi, encontró lo contrario a una resistencia: los austriacos estaban en las calles gritando vivas a su libertador.

 

¿Cómo era posible que no lo hubieran sabido un año antes? Amaban ser nazis. Se sentían fuertes siendo nazis. Habían descubierto que genéticamente eran arios, y genéticamente merecían conquistar al mundo.

 

Se estremecieron y lloraron de orgullo de pie en la plaza al escuchar la voz estruendosa del Hombre Superior, el Libertador de esa tontería llamada Moral, el Prócer de una era Más Allá del Bien y el Mal, el Gran Avasallador, el Führer.

 

Solo un país protestó por la anexión pacífica de Austria a Alemania. Ni Inglaterra, ni Francia, ni Norteamérica, ni Brasil. Los países del planeta habían decidido que la mejor estrategia para lidiar con el loco del mostachito ridículo, era sentarse a negociar con él, estrechar lazos, encontrar coincidencias. Fue México ese único país que protestó: el presidente Lázaro Cárdenas le ordenó al representante de México en la Sociedad de Naciones, Isidro Fabela,  que alzara la voz “contra el acto inmoral y de barbarie que es la invasión de Austria”.

 

Casi 80 años después, un presidente de México, Enrique Peña Nieto, que no gusta de la lectura en demasía, mandó felicitar a otro Gran Avasallador, Donald Trump, por su ascenso a la presidencia del país más poderoso del planeta. Anunció, además, que se reunirán en diciembre de este año, a buscar coincidencias, estrechar lazos, y buscar una ruta de cooperación. “Esta podría ser una gran oportunidad para nosotros”, dijo contento.

 

 

 

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